borgoña oscuro
Paranoia pura.
Lo se, esta mañana desperté y algo ha cambiado. Lo predije en sueños y el día en pleno lo confirma. Hoy no es un día de aquellos en que tengo ganas de colgar los guantes, todo lo contrario, quiero estar alerta, tengo la sensación de algo va a pasar, siento ese escozor extraño que sucede cuando te observan, siento el frío intenso que lastima la piel cuando se te han puesto los pelos de punta.
O es que en serio mis presentimientos raros están volviendo a ser eficaces, o es que el tinte de cabello me afectó y me estoy volviendo loca…
despues de todo no es tan malo…
y bueno, en realidad, después de todo mi trabajo no es del todo malo. Aparece de vez en cuando algún personaje que me alegra el día y deja recuerdos como este:
gravedad
Moraleja: Las ecuaciones y los problemas se resuelven solos. Todo cae por su propio peso.
Existen pocos pero importantes requisitos para ser Yo: No correr, no usar reloj, creer en imposibles, caver en bolsillos de pianistas y tener ojos grandes. Todo el resto viene por añadidura.
Hace mucho estoy en plena crisis de creatividad, pienso pienso, pienso y nada, ni una sola letra, solo llanto. Está decidido me dije ayer, -lo digo siempre que no puedo escribir- voy a dejar de ser escrbidora para dedicarme a ser peatón, si voy a dejar atropellarme al menos haré una nota suicida (nunca pienso que no voy a tener tiempo, yo siempre tengo tiempo, por eso no uso reloj…) Me subí al tejado ya muy entrada la noche para despedirme de la vista de la luna, las montañas negras, los cables y postes que arruinan todo, y en pleno suspiro… ¡plaf! di mal el paso y fui a dar escaleras abajo. Aún no tengo una idea decente, el recurso del cuento del peatón ya fue utilizado, pero se que ya no me va a importar no poder escribir, ahora tengo todas las madrugadas para garabatear. Sólo se que si me pongo morelia de nuevo, agoviada por mis problemas de escritura, volveré a caer. Las cosas en general, y sobretodo cuerpos como el mío, siempre caen por su propio peso o por descuido. Al carajo los problemas
Estoy enamorada de las cosas que conmueven. Es cierto; no se exactamente cómo explicar que puedo sentirme increíblemente atraída por las pasiones de la gente, notar en pequeños instantes gestos y detalles que me devuelven la fe en la humanidad –fe que generalmente no tengo-. Se lo decía hoy a Tobi mientras caminábamos de regreso a casa. Me emociona sobremanera ver un acto de devoción o ternura; podría mencionar por ejemplo la tarde en que leí que Nietzche, ya en sus momentos de locura, se paró delante de un caballo y le abrazó disculpándose porque éste había sido herido por los azotes de las riendas; o el día en que la curadora del Museo del Prado se paró delante de un cuadro a recitarnos un poema al autor; la tarde en que leí un post de Laura hablando de cuan sobrecogida se sentía en un espectáculo de danza recordando las varias tardes a la semana que se pasaba tragándose las lágrimas frente al espejo repasando posturas de ballet. Recuerdo el día en que vi llorar a mi madre al pasar frente a una invasión que estaba siendo desalojada y demolida; o el día en que leí que Gaudí fue confundido con Violet-le-Duc mientras palpaba absorto un muro de hormigón en un complejo de Toulouse; podría mencionar la noche en que Tobi se quedó a dormir en mi sillón y una lágrima se le escapó al recordar cuando él y su hermano Ramiro se dormían juntos en casa de su abuela como hicieron aquella noche mis sobrinos. Podría describir el día en que descubrí una foto de mi madre el día de su graduación y detrás, escondiéndose de la gente, le miraba mi padre desde un balcón. Mencionaría una escena donde mi sobrino Esteban, de meses apenas, besaba la calva de mi padre quien sonreía embobado y al borde de las lágrimas. Puedo pensar en las palabras de Tanizaki describiendo la tibieza de sus palmas al sostener un cuenco de sopa y descubrir los colores y olores entre las sombras y los reflejos de la laca; en el rostro de mi hermano contando un paseo en la playa con la que luego sería su esposa; tengo vivo el recuerdo del rostro de mi amiga Mona cuando le regalé un sintetizador de juguete porque cuando robaron su casa los ladrones se llevaron su piano, la cara iluminada del Pato cuado recibió un autógrafo de Sabina luego de haberle buscado varias noches.
Hoy yo quería escribir una especie de elogio al “Elogio de las Sombras”, un fragmento que describiera mi propia emoción al descubrir el encanto de la estética japonesa en la bellezaza de los rostros de mis amigos a la luz de una vela; en lugar de eso empecé infructíferamente un cuento titulado “Una gran aventura o la invasión nipona”, y esto: una antología de momentos en que estoy decidida a creer que el mundo no es del todo malo.
Andrea Torres.
Andyt
feliz feliz no
Irremediablente cursi.
Hoy desde mi ventana, con el tabaco en la mano y la taza de café en la otra (cliché barato), he sucumbido ante el efecto narcótico de los recuerdos. Que quede claro por favor que estoy totalmente en desacuerdo con el día de San Valentín; generalmente me jode, me amarga, llega a asfixiarme. Yo estoy a favor de los amigos: esos seres imprudentes y enigmáticos que aparecen pocas veces en la vida, esos que se pasan horas escuchándote, los de las juergas, las tardes de cafés y tabacos interminables, los de los conciertos, los de los parques donde sólo hay niños y ocupan un lugar en el columpio y mientras se mecen ponen cara de colgados; los que después de silencios y prolongadas ausencias se asoman para reír a carcajadas, para divagar como no se hace con nadie; los que construyen redes misteriosas, los que están como grabados en miles de cintas de audio y fotos mentales, los que hacen que conozcas paisajes y colores ocultos, los que guardan secretos y los que se les va la lengua, los que abrazan o parcamente te dan la mano pero siempre dan el corazón. Hoy pensaba en aquellos que te dibujan flores, calaveras, monstruos, los que te dicen una frase y dan pie para iniciar un cuento, los que duelen, que producen jaquecas, los que te dicen: -vos eres mi pana- y están; esos con los que he tenido las mejores borracheras y conversaciones de mi vida, los que me llevan a ver películas existenciales, o cine rosa o de violencia innecesaria; los que se echan en mi cama o yo en las suyas sólo porque no es un buen día y hace falta compañía, los que pueden hacer que un bus a ningún lado sea un vehículo fantástico que puede contener a todos los que te celebran el cumpleaños y a 100 elefantes en una tela de araña.
