La fluidez, la velocidad y el tiempo para pensar

En el mundo se generan millones de noticias a diario, y es normal, en el mundo pasan miles de cosas por minuto. Solo una pequeña cantidad de esas noticias llegan a nosotros y por canales cada vez más ágiles y diversos. Me siento feliz de poder acceder al conocimiento con un click, pero me siento también perpleja, como si tuviese que forzar a mi cerebro a entrar en función de ralentización para asimilar los acontecimientos a la velocidad que ocurren.

La Modernidad Líquida, dice Zygmunt Bauman, es una figura del cambio y la transitoriedad: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen”.

Me desplazo por el mundo en espacios a través de la pantalla y ayudada por los ojos de otros. Vivo entre la dicotomía de la fluidez de la información y la necesidad de solidez y asimilación. Siento como si a nuestro pensamiento (el mío al menos) le costara llegar al ‘límite’.

Cuando la distancia recorrida en una unidad de tiempo pasó a depender de la tecnología, de los medios de transporte artificiales existentes, los límites heredados de la velocidad de movimiento pudieron transgredirse. Sólo el cielo (o, como se reveló más tarde, la velocidad de la luz) empezó a ser el límite, y la modernidad fue un esfuerzo constante, imparable y acelerado por alcanzarlo. (Bauman, 2004:08)

Sigo procesando noticias, editoriales, sentencias, manifiestos, absurdos y sus reacciones, militancias, primaveras entre piedras y nuevos aprendizajes

Quiero introducir aquí un par de páginas que me ayudan con aquello de tomarme un tiempo para pensar:

 

¡¡¡ Huele y sabe a SOPA!!!

Creo que en cosas como esta es más que necesario parecernos a Mafalda: ¡que la ley SOPA (Stop Online Piracy Act), nos de mucho asquito!

Y es que tanto se habla de propiedad intelectual, derechos de autor, marcas y demases en estos tiempos, que parece que cada vez va a resultar más difícil saber algo y compartir, o simplemente, que alguien sepa algo. ¿Dónde queda ahí la libertad de expresión, el uso “adecuado” de las NTIC’s, el derecho de saber y pensar?

¿2012, cambio de era? ¡Claro! Regreso al medioevo.

Al respecto, les recomiendo un artículo escrito por David Bravo de la Fundación Copy Left para la revista Orsai, se llama El botón que copia los tomates.

En este,  Bravo intenta explicar por qué considera que los titulares de una propiedad intelectual no tienen ya posibilidad alguna de exclusión de su uso con la llegada de las nuevas tecnologías y hace un repaso histórico del despilfarro que ha supuesto la inversión en costes de exclusión y propone buscar respuestas por otros caminos distintos a impedir el acceso libre a los bienes culturales.

Les dejo el inicio del artículo y una de las imágenes de Quino que representa claramente lo que a mí me produce esta ley SOPA.

Si algo ha demostrado la ineficacia de los intentos de exclusión pese a la enorme inversión económica realizada en sus costes durante la última década, es que resulta imposible evitar la libre circulación de obras intelectuales a través de Internet. Las nuevas tecnologías han convertido en una aspiración imposible todo intento por parte de la industria de decidir quién puede acceder a sus contenidos.

Enlazando con lo dicho por Javier Bardem (tras el rechazo en España de la ley Antidescargas), sobre la injusticia que supondría para quien cultiva y vende tomates que existiese una máquina que los copie, parece razonable aceptar dos premisas básicas.

La primera de ellas es que el invento es digno de fiesta, perspectiva no muy común entre quienes miden todo avance tecnológico en función de su impacto en el mercado y no en el del simple y llano beneficio social.

La segunda es que la sociedad, del mismo modo que necesita la máquina de copiar tomates, necesita a quienes los cultivan, por lo que, y derivado de su propio interés, habrá de remunerarse al agricultor para que siga trabajando y aporte lo que después se copiará.